El desafío de superar una institucionalidad “caduca” de las democracias representativas

El desafío de superar una institucionalidad “caduca” de las democracias representativas

El desafío de superar una institucionalidad “caduca” de las democracias representativas

Entrevista a Alexandre Mendes

Por Joao Vitor Santos (Instituto Humanitas Unisinos)

Alexandre Mendes es profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad del Estado de Rio de Janeiro (UERJ). Fue defensor público entre 2006 y 2011 y entre sus publicaciones, destacamos los libros A vida dos direitos: ensaio sobre modernidade e violência em Foucault e Agamben (São Paulo: Agon, 2008), con Bruno Cava; A resistência à remoção das favelas no Rio de Janeiro (Rio de Janeiro: Revan, 2016) con Giuseppe Cocco; y O Fim da narrativa progressista na América do Sul (Juiz de Fora: Editar, 2016), con Ricardo Falbo e Michael Teixeira.

Recientemente, también en colaboración con Bruno Cava, lanzó A constituição do comum (Rio de Janeiro: Revan, 2017), que sintetiza el trabajo teórico-político de diversos autores alrededor de la teoría del común y la multitud, entre ellos Antonio Negri, Michel Foucault, Karl Marx o Spinoza.

¿Cómo comprender el concepto del Común a partir de la materialidad del ciclo de luchas globales en la actual crisis, que comenzó en 2010 y 2011 en el norte de África y en 2013 llegó a Turquía y Brasil, pasando por las plazas españolas, griegas y norteamericanas?

Podemos afirmar que el ciclo de la Primavera Árabe lanzó luz a una dimensión mas radical del común, con relación por ejemplo al ciclo alterglobalizaión de finales de la década de 1990. Naomi Klein, en su visita a Occupy Wall Street en 2012 comentaría que si el movimiento de movimientos de aquella década miraba los “summits” (cumbres) internacionales como objetivo, esto ahora dejó de ser una eclosión transitoria y direccionada para transformarse en una lucha permanente sin duración prevista ni horario para terminar.

Además, el movimiento global ha salido de la lógica de confrontación directa con los representantes de la aristocracia del poder global, para entrar en una nueva etapa de enfrentamiento, expresión de autovaloración del propio movimiento, en su capacidad de construirse como forma de experimentación directa en la producción de vida social. Las plazas de decenas de países del mundo se transformaron en laboratorios del común, articulando actividades de ocupación, comunicación alternativa, apoyo jurídico, creación musical y audiovisual, servicios médicos y definición de estrategias comunes de resistencia.

Un segundo elemento, que guarda cierta semejanza con el ciclo de 1968, fue la radical indiferencia –desde el punto de vista de las luchas- en relación a las formas asumidas por el poder constituido y sus diversos tipos de gobierno. Los vientos atravesaron con la misma intensidad las largas dictaduras del norte de África, los gobiernos parlamentarios europeos, el turno demócrata en Estados Unidos y los llamados gobiernos “progresistas” de América Latina. Usando la terminología de Deleuze y Guattari, sería posible afirmar que las luchas del común se colocaran en el terreno de la isomorfia y de la polimorfia asumidos por los Estados como modo de realización de una misma axiomática capitalista mundial. Es por eso que el común no aparece aquí como una acción colectiva y homogénea que asume una misma forma general a pesar de las diferencias sustantivas (la vieja tradición del “frentismo”), pero si como una articulación entre diferencias irreductibles (singularidades) que conforman un plano de composición común por la lógica informe del contagio y de la metamorfosis. Lo que hizo temblar a los poderes constituidos fue exactamente ese radical rechazo de los códigos y de las formas tradicionales de hacer-política. De ahí nace el pavor y el deseo de restauración que se manifestaron tanto a la derecha como a la izquierda del escenario político.

¿Cuál es la importancia de concepto de Común para pensar en la llamada crisis de representatividad?

Podemos comenzar por invocar la idea general suscitada por el filósofo Antonio Negri en el libro El poder constituyente de que la representación es siempre una corrupción de la democracia. De esta manera, la creación de mecanismos políticos que puedan servir para revertir la permanente expropiación institucional realizada en los Estados polimorfos contemporáneos se revela como un punto central del enfrentamiento y, al mismo tiempo, un permanente enigma.

En este sentido, el ciclo de la Primavera Árabe puede ser visto como una intrusión salvaje de este problema, y por lo tanto, ha revelado un hilo de similitud entre dictaduras, gobiernos técnicos y gobiernos “progresistas”, los últimos apalancados por un neo-desarrollismo cuya imagen recurrente es la de “apisonadora”. En todos los casos, se trató de crear una turbulencia bastante potente a través de la cual la decisión pudiera escapar de los círculos redundantes del poder. Es caso brasileño merece dos apuntes específicos.

En primer lugar, Junio de 2013 reveló el agotamiento de las experiencias participativas que habían sido uno de los motores del ciclo anterior, bajo los ejes de los presupuestos participativos, de las llamadas “alcaldías populares” y del Foro Social Mundial. Un mensaje del Movimiento Pase Libre es revelador al respecto y merece ser citado: “Es así, en la acción directa de la población sobre su vida –y no a puertas cerradas, en los consejos municipales ingeniosamente instituidos por las alcaldías o en cualquiera de las otras artimañas institucionales- que se da la verdadera gestión popular”. La descripción de los consejos como una “artimaña institucional” revela un fenómeno que ya estaba siendo diagnosticado en una serie de estudios sobre la dinámica de la participación política y social brasileña. De la fase denominada apologética, cuando la participación institucional era vista como un antídoto contra la representación, se pasó a una fase mucho más realista, en la que la participación fue considerada como una forma de prolongación de la representación política.

Esto significa que las instancias institucionales son atravesadas por la lógica partidista, por los ciclos electorales, por la negociación política y por una subordinación fuertísima al propio poder Ejecutivo. Además, la propia elección de lo que se considerará “sociedad civil” se realiza a través del tamiz representativo, privilegiando en muchos casos recortes ya domesticados de la dinámica social. El otro punto que no aparece en esos análisis, muchas veces reducidas a un caso empírico específico, son los efectos de las políticas neo-desarrollistas y de la realización de mega-eventos en el terreno de la participación. Cada vez es más clara la política de retroalimentación existente entre la oligarquía política brasileña, la formación de las llamadas empresas “campeonas nacionales” y la realización de una serie de proyectos y de grandes intervenciones públicas forjadas en los gabinetes y empujados violentamente contra la población.

Es por ello que por mas que los gobiernos de Lula y de Dilma (en menor parte) hayan sido responsables de una ampliación considerable de la dinámica formal de la participación institucional, esa pequeña brecha fue devorada por la lógica de los grandes proyectos prefabricados, de las grandes máquinas electorales, la subordinación de los tradicionales movimientos sociales y el no reconocimiento del deseo de participación introducido por junio de 2013.

¿Cómo entonces repensar una nueva dinámica de participación que no sea abortada por la lógica de la representación?

En este punto considero ventajoso comparar las experiencias cruzadas entre las promesas municipalistas brasileñas y españolas de la década de 1980-90 y los nuevos problemas que aparecen tras la apuesta de un nuevo municipalismo, que irrumpió con fuerza en varias capitales del Estado español, y que en Brasil continua aún bloqueado por la lógica farsaria del sistema de representación en crisis. La primera observación es que el problema planteado por el nuevo municipalismo es inmenso: ¿cómo invertir en el terreno vertical de las instituciones existentes y de las disputas electorales, sin renunciar a la dimensión transversal, cooperativa y horizontal de los movimientos constituyentes? ¿cómo inundar la caduca institucionalidad de las democracias representativas occidentales con nuevas instituciones del común que puedan corresponder a las formas de vida e interacción que ya se practican en las ciudades y metrópolis?

Desde el punto de vista programático, plataformas como Barcelona en Común identificaron claramente que la lógica del “municipalismo en transición” que fue la marca del régimen constitucional español de 1978 (algo muy parecido al municipio constitucional brasileño) estaba agotada y demandaba una ruptura. El esfuerzo consistió entonces en recolocar el problema municipalista y sentar las bases de un “municipalismo de lo común”, conducido por las mareas de varios colores que salieron en la calle por una gestión común de la salud, la educación, el conocimiento, el agua, la lucha contra los desahucios, los servicios sociales y urbanos, etc.

En lo que se refiere a la participación social, la propuesta es no sólo reorganizar los confusos e ineficaces consejos temáticos y territoriales, sino garantizar que los barrios desarrollen, de forma transversal, experiencias de autogestión y coproducción de lo urbano que serán consideradas vinculantes para la administración municipal. Las propuestas de radicalización democrática también cuentan con la adopción de un ingreso mínimo garantizado para todos, la eliminación de la precarización, la valorización de la “economía del cuidado”, además de la auditoría de la deuda y la formación de bancos gestionados democráticamente.

Operación fundamental

Sin entrar en el debate de cómo esas propuestas se están realizando o están quedando frustradas en el caso español, creo que desplazar el campo de la participación por delegación, siempre atropellado y vaciado por los “tractores” de la representación, hacia el terreno inmediato de las movilizaciones del común que atraviesan diversos sectores es una operación fundamental. Se trata de difundir los laboratorios producidos en las plazas para cada área ligada al gobierno de la vida social y urbana. Si existe un sentido en discutir políticas de lo común, sería precisamente éste: reconocer y valorar el campo directo de la productividad social y producir rotaciones que escapen al mismo tiempo de las capturas estatales-burocráticas y de los circuitos de valorización del mercado.

¿Cuáles son los bloqueos que pueden ser identificados para una nueva experiencia municipalista brasileña?

Podríamos elegir dos puntos para responder esta pregunta. En primer lugar, el campo de innovación político-social brasileño está completamente bloqueado por la incapacidad de restablecer las mínimas condiciones para una acción creativa y autónoma con relación a la dinámica de los poderes constituidos. La lógica de la guerra de narrativas se impuso y con ella una mortificación de todas las posibilidades de establecer un verdadero conjunto de problemas reales que se articulan transversalmente. El vaciamiento del campo de movilización es respondido con un cierre cada vez más fuerte de la oligarquía política (liderada por PT, PMDG, PSDB y DEM) en torno a sí misma, con propuestas de reforma política que dificultan aún más el surgimiento de plataformas transversales y autónomas. Este acentuamiento no sólo afecta a las iniciativas que podrían considerarse a la izquierda (las plataformas municipalistas inspiradas en le caso español, por ejemplo), sino también aquellas que buscan renovar el liberalismo a través de nuevas formas de intervención en el campo político. En ambos casos, es visible que cualquier intento de tejer un nuevo paisaje político pasa antes por el enfrentamiento del violento y autocentrado sistema político brasileño.

En el dominio considerado a la izquierda, el bloque es profundo. No bastaría la total imposibilidad de pensar una nueva forma de partido (el caso español adoptado como nuevo ropaje para viejas prácticas) y la completa falta de imaginación con relación a una nueva generación de políticas públicas (la discusión continúa cínicamente orientada hacia una defensa de “más estado” contra “más mercado”), toda la riqueza de prácticas y pensamiento producidos en los últimos años para salir de esa miseria fue molida en la licuadora de las campañas falsas (el “no va haber golpe” como caso ejemplar) y de un nostálgico frentismo de izquierda administrado por el miedo y por una estética caricatural, fulminando las multiplicidades posibles.

Urbanismo crítico

En el campo del urbanismo crítico, y este es el segundo punto que quisiera analizar, la crisis de la imaginación ya estaba enunciada por una serie de síntomas. En el ideario nacional-desarrollista, buscando pactos redistributivos vía planificación centralizada, buena parte de los urbanistas de nuestro “municipalismo de transición” no logran mirar las nuevas prácticas de producción del común y para las nuevas formas de organización política que surgieron en las redes y en las calles. Ni siquiera el concepto latinoamericano de buen vivir penetra en los análisis para buscar formas radicalmente alternativas de desarrollo urbano. La nostalgia de una regulación estatal-socialista para el “caos” capitalista nos coloca aún más profundamente en el callejón. La ineficacia de los instrumentos urbanísticos antes presentados como aptos para promover las transformaciones urbanas necesarias no es fruto sólo de la “correlación de fuerzas”, sino del propio análisis de cuáles serían las fuerzas existentes de la radicalización democrática.

Un nuevo municipalismo

En mi opinión, el desplazamiento del municipalismo de transición constitucional hacia un nuevo municipalismo basado en la constitución del común presupone al menos tres inflexiones: a) pensar lo común más allá de la función social de la propiedad, caminando de la regulación público-estatal para la auto-organización del espacio, recursos y servicios sociales y urbanos; b) pensar la participación social como coproducción y ocupación de lo urbano, además del ideario cívico/deliberativo y de la delegación y representación en las instancias participativas. Reconstruir la experiencia de la participación a partir de las nuevas prácticas de encuentro, contagio y organización de la decisión; c) pensar las luchas de la ciudad/metrópoli y las nuevas plataformas de movilización, transversales y en red, además de la forma-movimiento y la forma-partido tradicionales.

Hoy, en medio de la crisis política e institucional que Brasil vive, se habla en silencio en las calles. ¿Estas de acuerdo con esa idea del silencio? ¿cómo lo entiendes?

Junio de 2013 puede considerarse un fuerte grito polifónico. Ello produjo una especie de viraje en los discursos tradicionales, en los sujetos de enunciación que dominaban esos discursos, en las formas institucionales a las que estábamos acostumbrados, en las maneras de ocupar las calles y, principalmente, permitió otra visión colectiva sobre lo intolerable. Es imposible querer volver atrás. Sin embargo, son perceptibles las estrategias concebidas y anónimas de intentar conformar nuevamente ese grito aberrante en las formas tradicionales que organizan el pensamiento, el habla y hasta los cuerpos. Una gestión por el miedo, la paranoia, la interiorización subjetiva, la desesperanza, la disputa entre narrativas recíprocamente falsas fue parcialmente exitosa en producir un gran silencio en los elementos de polifonía que marcaron junio de 2013.

Sin embargo, existe un silencio que es ruidoso, una especie de grito silencioso, una vibración sonora continua que no se actualiza en una vociferación audible o distinguible. Que la oligarquía política brasileña no se engañe. Nunca se habló tanto en política como ahora, por más que los caminos estén turbios, nunca se ha deseado tan fuertemente una transformación profunda, nunca ha quedado tan claro que necesitamos cambiar radicalmente la forma en que estamos viviendo y todas las instituciones que se crearon bajo el pretexto de “organizar” la vida social. Por eso, pensar lo común hoy significa escapar permanentemente de las narrativas fáciles y cómodas y enfrentar un problema anterior al tradicional “¿qué hacer?”

Se trata, como decía Deleuze en su discusión con Antonio Negri, de no suponer que las condiciones de la acción están claras y que sería posible encontrar fácilmente a los sujetos que estarían en disputa. Se trata de producir las condiciones para que podamos oír lo inaudible y crear mecanismos que puedan seguir los trazos de junio (un fuerte deseo de transformación y autonomía colectiva) en su enfrentamiento a lo intolerable.

Traducción por Decio Machado

 

 

 

 

adminaldhea

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