La semilla que germina en el abismo

La semilla que germina en el abismo

La semilla que germina en el abismo

Aunque por la variedad de situaciones sea delicada toda generalización, las publicitadas dificultades del PT brasileño y del kirchnerismo argentino para renovar sus presidencias se pueden leer como otras tantas señales de un cambio de ciclo. ¿Un cambio de fase que no se limita a lo político, sino que también afecta a lo social y a los movimientos sociales? Aportamos una visión continental.

Editor de ‘Otramérica’ y miembro del colectivo La Vorágine

Hablar de América Latina y del Caribe como un cuerpo homogéneo es simplificar la compleja genética cultural y política de este diverso territorio hasta la caricatura, pero es el riesgo que hay que asumir para tratar de explicar un continente en unos cuantos párrafos. América Latina –y el Caribe– o el Caribe –y la América continental– comparten un lazo identitario difícil de entender para quien no sea latinoamericano o caribeño, a pesar de sus brutales diferencias, de sus choques de trenes históricos y de sus rivalidades postcoloniales. Y esa identidad está tejida desde la resistencia a la imposición externa, por un lado, y con el anhelo panamericano conjugado de formas diversas por Bolívar, Martí, Betances o Bosch.

Hoy vivimos una ecuación compleja. Apuntaría varias hipótesis para tratar de entenderla. La irrupción del despistante socialismo chavista a partir de 1998 supuso un terremoto político y social en el continente. Es innegable que instaló un nuevo discurso soberanista –y, fundamentalmente antiimperialista– que provocó una cascada de constituyentes originarias y un nuevo impulso a los movimientos subversivos. También permitió una relectura del momento político que impulsó las apuestas electorales y los gobiernos de transición que, en teoría, deberían desembocar en nuevas sociedades más comunitarias y menos capitalistas.

Los gestos y las transformaciones soberanistas se desencadenaron de forma local, pero también desde una perspectiva regional, con el triunfo sobre la iniciativa imperial estadounidense en forma de tratado de libre comercio (ALCA) y la generación de nuevas instituciones panamericanas alejadas del modelo colonial y tutelado de la Organización de Estados Americanos.

La realidad es que, después de unos primeros años alucinantes –al menos en Bolivia, Uruguay, Ecuador o Brasil y en menor medida en El Salvador, Argentina u Honduras–, se ha podido constatar que los aparatos de poder estatales, incluso en los países que han proclamado su vocación revolucionaria, se han estancado en un plácido neodesarrollismo extractivista y en una masiva transferencia condicionada de recursos a las clases más empobrecidas. Pero sin abordar la profunda violencia estructural y cultural que soportan sus pueblos. Además, los gobiernos de países como Venezuela, el Estado Pluri­nacional de Bolivia, Argentina, Nica­ragua o Ecuador han querido monopolizar el discurso subversivo de tal manera que institucionalizan la ‘revolución’, negando la autonomía natural de los movimientos políticos y sociales de base y criminalizando la crítica, aunque provenga de la propia trinchera. En el caso de Brasil, la reelecta Rousseff juega a permitir una oposición a la izquierda ‘autorizada’ –representada por el MST y sectores de su propio partido, el PT– mientras criminaliza y persigue a punta de policía a todo lo que se mueva fuera de ese espacio de confort político. La tendencia colonial en la dirección de los destinos patrios por parte de un combo de iluminados alérgico a la crítica se resiste a desaparecer.

Exclusión del disenso

Para los observadores de la izquierda externos no hay matices: “Hay que apoyar a los gobiernos ‘bolivarianos”, aunque éstos sean tan telúricos y rosados como el de Daniel Ortega, tan reaccionarios políticamente hablando como el de Correa... O aunque estén realizando el viejo proyecto imperial de sus élites militares y económicas, como es el caso de Brasil. A pie del territorio las cosas se ven diferentes.

La exclusión oficial del disenso y la decidida apuesta del poder por el extractivismo –manifestación final de la acumulación por desposesión– está generando un abismo político entre movimientos de base y burocracias estatales. Ese abismo se maquilla en este momento por la coyuntura económica y por el pequeño maná que está cayendo en algunas de las poblaciones. Los gobiernos autodenominados como “diferentes” juegan a sustituir una hegemonía por otra, pero, abajo, la semilla de la participación y de la resistencia sigue creciendo y siento que no hay punto de retorno. Los movimientos campesinos, los pueblos originarios, las mujeres organizadas o el nuevo ecologismo humano en defensa del agua y de la vida tienen un vigor desconocido. Desde abajo, a veces de forma invisible, otras veces en choque directo con los poderes hegemónicos –aunque se presenten como contrahegemónicos–, estas formas de organización y, en algunos casos, de autogestión toman fuerza.

Los gobiernos no saben muy bien cómo reaccionar ante ellos porque no les mueven viejos reclamos de “desarrollo” o socialdemócratas deseos de redistribución. Es más complejo. Por eso hay cientos de activistas encarcelados en Ecuador, se demoniza a los rebeldes amazónicos de Bolivia o se ningunea en la opinión pública a los indígenas venezolanos. Tampoco la derecha y el poder financiero saben muy bien cómo comportarse. Una parte de la derechona latinoamericana sigue en clave de los 70: los golpes de Estado de Honduras o Paraguay, o la paramilitarización de México, son ejemplo de ello. Otra parte trata de rescatar la dicotomía de “civilización o barbarie” que tan presente está en la raíz colonial del nacimiento de las repúblicas independientes del continente. La derecha más ‘moderna’ se aferra a la responsabilidad social corporativa para camuflar el intento de expolio regalando papeleras con logo y construyendo puestos de salud que no curan. No hay punto de retorno.

Me parece indiferente lo que ocurra con el poder formal en los próximos años: la terrible deriva sectaria del proceso venezolano, la esquizofrenia presidencial de Ni­ca­ragua, el fascismo empresarial posmoderno del Gobierno colombiano, o la amenaza que lleva en su seno el proyecto brasileño… La lucha actual resiste ante las manifestaciones más profundas de la colonialidad y construye alternativas desde abajo que superan el caduco con­cepto de Estado-Na­ción.

Es un proceso muy lento, del que tardaremos tiempo en ver los frutos, que dejará muchas víctimas en el camino… pero que ya es palpable. Las alianzas entre movimientos de base de diferentes países, el vigor conceptual y en la práctica de los derechos territoriales y colectivos sobre los derechos humanos liberales occidentales, la decisión de los pueblos originarios de no volver a agachar la cabeza, las zonas autónomas que se están declarando por todo el territorio mexicano… La semilla vuelve a la base. Salió de ella, fue secuestrada por un tiempito y regresa a su lugar.

Fuente: Diagonal

Decio Machado

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