Lo nuevo quiere nacer y lo viejo no quiere morir

Lo nuevo quiere nacer y lo viejo no quiere morir

Lo nuevo quiere nacer y lo viejo no quiere morir

Un sobrevuelo por la política latinoamericana, en la que movimientos, partidos y fuerzas trazan un embate aún sin vencedores   

Por Salvador Schavelzon / miembro del staff académico de la Fundación ALDHEA

Después de 2011 una ola de manifestaciones recorrió el mundo. Con ocupaciones de plazas, levantamientos contra gobiernos, asambleas comunitarias y protestas, muchas banderas fueron levantadas. Las temáticas como anticorrupción, o las marchas motivadas por el aumento del transporte público en junio de 2013 en Brasil o la de los estudiantes en Chile en 2011, fueron algunas de las motivaciones que encendieron las movilizaciones masivas que estallaron en un escenario político antes apático. La sensación general era de falta de alternativas frente a gobiernos neoliberales, una sensación a la que tantos conservadores y progresistas se habían entregado.

El contexto que dio lugar a ese ciclo era -y sigue siendo el de la profundización del modelo neoliberal, que se muestra sin alternativas. Los efectos de la crisis son varios y en serie: explosión de burbujas especulativas, con más deudas, más segregación de los pobres, liberalismo extremo y la certeza frágil de que la lógica empresarial debe ser el camino para el funcionamiento de los servicios sociales en cualquier dimensión de nuestra vida. Al mismo tiempo, surgen como contrapunto - pero también con elementos de un mismo escenario, cada vez más comunicados, entre una profusión de minorías - nuevos feminismos, movimientos étnicos o antirracistas que ganan espacio frente al desmantelamiento de una política de masas que ya no se mantiene, en una sociedad que ya no existe, frente a la inercia de las herramientas tradicionales, de estructuras e instituciones que aún siguen de pie.

Por más que el neoliberalismo sea único, generalizado y global, en términos de sistema político se organiza como polo mediático que opone, por un lado, perfiles que asumen abiertamente una agenda de elite atendiendo a sectores empresariales; frente a otro campo que, sin romper con el neoliberalismo, se apoya en narrativas como nacionalismo, soberanía o un sistema de derechos sociales que imagina una sociedad integrada con un Estado fuerte. En lo real, naturalmente, ni la libertad ni la prosperidad del mercado se realizan; ni mucho menos hoy la justicia social con intervención del Estado va más allá de un discurso. Nos quedamos con palabras que no movilizan, no logran ser traducidas en políticas estructurales efectivas, ni mucho menos se conectan materialmente con la vida de los trabajadores o con construcciones políticas de base y poder territorial.

Ante ello, surgen nuevos movimientos y movilizaciones que se insertan en diferentes búsquedas políticas. Las calles abrieron caminos frente a una disputa espectacular que se diluye en una multitud de identidades, discursos, campañas electorales sin conexión con quien realmente nos gobierna. Son prácticas de ruptura que se aíslan sin conseguir enfrentar la batalla en un mundo que mercantiliza y vende todo, con Estado y mercado trabajando juntos frente a un capitalismo sin rival.

Las movilizaciones de Hong Kong a Nueva Delhi, Plaza Zucotti o en el DF son, juntas, aire fresco y materialidad frente a escenarios desgastados y sin salidas. Allí se discutió activamente la representación y los límites de la institucionalidad republicana.

Es alto el riesgo de que lo que está naciendo sea también tragado y neutralizado después de un impacto inicial y que las cosas vuelvan a acomodarse. Prácticas políticas tradicionales que no pierden tiempo en estar presentes en cualquier cosa que aparezca ejerciendo presión conspiratoria sobre la difícil construcción de horizontes verdaderamente de ruptura. Y aunque haya experiencias de gobierno de nuevos partidos en la India, o pueda ocurrir en México, también en los partidos tradicionales ocurren cosas como Sanders y, en alguna medida, el kirchnerismo. El problema aparece en la administración y gestión del impulso inicial del movimiento, en que el peso del sistema muestra su fortaleza y capacidad de tragar todo.

Después de las plazas y movilizaciones, se abrió en el campo de la izquierda un debate sobre organización y poder institucional, que se preguntó sobre la necesidad de encontrar instrumentos políticos que llevasen la voz de las calles al gobierno. Al mismo tiempo hay búsquedas comunitarias que se multiplican en las ciudades y en el campo, desde los márgenes de la civilización, o en ruptura con esta, con agendas autónomas que se desconectan de la coyuntura estatal cada vez más tóxica y fatalista, controlada por lógicas en que parece que cualquier alternativa lleva al mismo lugar sin conseguir salir de una máquina social destructiva.

Pero enfoquémonos en las traducciones del ciclo de luchas que culminó en la búsqueda de una nueva política partidista dentro de las instituciones. Las otras se sitúan en otro tiempo y espacio, con un impacto difícil de medir aunque se presenten como vínculo y como nueva alternativa uniendo todos los caminos. Dentro de la política estatal, y de forma más visible, municipalismos o frentes se ponen en movimiento, ya que las construcciones que capitanearon el rumbo de los partidos y movimientos de izquierda en el período anterior muestran su desmoronamiento. Es justamente esa relación de viejas referencias de izquierda que definen la posibilidad de algo nuevo en ese campo, y ya existen experiencias avanzadas en esa dirección.

El partido Podemos y las confluencias municipalistas en España fueron una de las expresiones más claras en ese sentido. Su raciocinio es que se puede ser fiel al 15M por un camino institucional, y que por más que las formas de soberanía estatal y nacional estuvieran siendo superadas, el gobierno de cada país es la instancia que las clases populares tenían más cerca para enfrentar el neoliberalismo global. Con su apuesta aún pendiente de concretarse, sobrevive también justamente por no haber encontrado lugar como Syriza o algunos gobiernos sudamericanos recientes.

Sin embargo, para que surjan nuevas alternativas, parece ser necesario un posicionamiento claro en relación a las expresiones de quienes son los herederos directos. Así es también dentro de los partidos que se renuevan y, evidentemente, en el caso de la nueva política española, ningún salto podría ser imaginado sin distinguirse de la izquierda tradicional, de la socialdemocracia. Aunque Podemos ya tiene asentado su límite en las elecciones, el partido osciló entre reencontrarse con la Izquierda Unida (con la que permanece aliado) o hacer un pacto de gobierno con el PSOE. Su razón de ser es la ruina de la España de la transición iniciada en 1978, con 35 años de agotamiento de un sistema anterior que aún sobrevive y parece tener que ser contemplado también como parte de la solución.

En América Latina, nuevas fuerzas surgen en la medida en que el pasado se deja de lado. Dos nuevos frentes explotan ese territorio en Chile y Perú, donde los gobiernos que llegaron con votos de izquierda mantuvieron intactos una agenda neoliberal. En Chile, el Frente Amplio, con su núcleo político de fuerzas autonomistas nacidas de las movilizaciones de los estudiantes, sólo fue posible con la ruptura en relación a la Concertación-Nueva Mayoría de Bachelet. Lo mismo ocurre en Perú, que por primera vez en muchos años tiene una bancada de veinte congresistas de izquierda contra el fujimorismo, pero también contra el resto de opciones políticas del sistema. El Frente Amplio del Perú, que, como el Podemos, logró un importante tercer lugar en las elecciones, es la primera fuerza política de peso en la región. Fue a partir del legado de la lucha de Cajamarca contra la minera Conga que el partido colocó en la discusión los límites del extractivismo y la necesidad de pensar en alternativas para el desarrollo.

Como compleja combinación de elementos viejos y nuevos, candidaturas o reajustes con nuevas caras (o viejas, como Sanders y Corbyn, que aún recuperan experiencias de movilización del ciclo actual, como Occupy) expresan y traen avances políticos explícitos o subterráneos, en reacción a cierta recomposición del campo conservador. Como condición, al mismo tiempo, esas construcciones muestran distancia con el núcleo de reflexión política originaria de las plazas hechas por asambleas y políticas rizomáticas sin líderes; así como rupturas comunitarias y territoriales que entienden el poder y la transformación con mucho más intransigencia. El "cómo" es la clave tanto en las instituciones y en los territorios, pero una de esas expresiones es condescendiente con la aceptación de los instrumentos políticos que no se rechazan con la apuesta que pueden ser resignificados.

No es verdad que esa salida táctica del campo de la izquierda, que busca el diálogo y la construcción con las mayorías en los partidos y frentes, por medio de liderazgos y demandas tradicionales, se haya quedado fuera del ciclo anterior de luchas. No es totalmente un nuevo populismo o una nueva respuesta proveniente de las plazas. Después de Seattle, Génova, Praga y el Foro Social Mundial, la energía acumulada en las protestas antiliberales se fue constituyendo también en movimientos políticos y luego en gobiernos que poco a poco se alejaron de lo que los unía en el origen. De ahí todo nació en América Latina el ciclo de gobiernos progresistas que sobrevive o termina frente a sobresaltos electorales con resultados adversos en las elecciones municipales de Brasil, legislativas en Venezuela, presidenciales en Argentina y contra la posible reelección en Bolivia. Las rápidas salidas de los gobiernos, cuando el ciclo económico es desfavorable, debe ser una lección para quien busca atajos dentro de las nuevas formaciones o movimientos.

Los límites de las nuevas expresiones, como fueron antes el desarrollismo y la socialdemocracia, se encontrarían en la reproducción de formas de hacer las cosas con las fuerzas que vengan a sustituir, estableciendo participación sólo formal o no para decisiones cruciales y entregarse de cuerpo y el alma hacia los medios de comunicación. Los nuevos frentes difícilmente van a huir de las disputas de cúpula o táctica electoral que contrasta con la política de las plazas y calles. La experiencia parlamentaria muestra también un acomodo en relación a las lógicas de un sistema que desde dentro ya no puede ser impugnado o resignificados, pero es fácilmente moldeado. Estos prefieren apostar en las pequeñas diferencias o priorizar la propia construcción para esperar un cambio mayor que llegará en un momento futuro.

En Argentina y Brasil, diferentes intenciones de la "nueva política" quedaron hasta ahora encallados, mientras que Lula y Cristina son los líderes que se recomponen y se posicionan en la trinchera de la oposición al sistema - casi como si no hubieran venido de una fuerza de gobierno que sería necesario superar. El rechazo a Temer y Macri posibilitaran que vuelva a acercarse una izquierda que había retirado su voto a esas fuerzas cuando veía un gobierno sin escrúpulos para reprimir protestas sociales o ejecutar proyectos monstruosos como Belo Monte y sus copias, indudablemente sin legitimidad popular. Proyectos como el Ahora Buenos Aires, con métodos de confluencia propios y búsqueda de referencias mediáticas nuevas y de articulación con nuevos lenguajes populares terminaron siendo tragados por la imposibilidad de encontrar espacios más allá del kirchnerismo.

En Brasil, parece estar muy lejos la actitud crítica de las manifestaciones de junio de 2013, cuando la participación del PT en la administración de un proyecto neoliberal de gobierno junto a los grandes partidos del sistema era evidente. De ahí resultan las dificultades para que partan articulaciones como las que giran en torno a Guillermo Boulous, del MTST, la izquierda dentro del PT y partidos contrarios a Temer, que incluso no apoyando a Lula, hablan la misma lengua y confluyen en la misma dirección. La tragedia venezolana, o incluso la imagen que Lula y Cristina mantienen dentro de algunos sectores, hacen que esas fuerzas sigan de pie y bloqueen la aparición de ese tipo de alternativa, incluso cuando su vuelta al gobierno parece imposible.

El desafío hoy es conseguir traducir el disgusto social con el neoliberalismo en opciones políticas. Pero también que éstas no queden neutralizadas en el lugar de la crítica parlamentaria o de acciones paliativas que no tocan a fondo el poder: más leña para un fuego de imágenes y espectáculos. El desafío es que forme parte del debate la necesidad de pensar nuevas instituciones del común, y que cualquier proyecto político se recicle también como una disputa en el plano de las subjetividades, las cuales en las plazas y movilizaciones de insurrección encuentran un territorio nuevo. Puede ser que esas demandas nos obliguen a ir más allá de las alternativas institucionales que surgen en el ciclo de luchas abierto globalmente en la última década.

TRADUCCION DEL PORTUGUES: Santiago De Arcos-Halyburton

adminaldhea

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